Se entregaron el uno al otro, se tocaban como si fuera el último día de sus vidas. Los besos recorrían los cuerpos desnudos, analizando zonas ocultas y prohibidas que ni ellos mismos conocían; las manos se entrelazaban para bailar al compás de una música que sólo ellos oían. Todo era perfecto todo era pasión y desenfreno...hasta que abrió los ojos y descubrió que todo era un sueño, que todo era mentira, una simple fantasía. Las sábanas empapadas de sudor y el corazón latiendo en la entrepierna le decían que, aunque todo estuviera en su cabeza, las emociones eran tan reales que dolían.
Se levantó en medio de una
madrugada negativa en el termómetro, pero su interior ardía como si estuviera en medio del desierto
bajo un sol abrasador. El pijama se había pegado tanto a su cuerpo que parecía
una segunda piel. Puso los pies descalzos en el suelo y agradeció el helor que
empezó a recorrerla. Miró al otro lado de la cama pues temía despertar a su
pareja; pero tuvo suerte, seguía durmiendo apaciblemente e indiferente a lo que
su compañera acababa se soñar. Suspiró y bajó las escaleras del pequeño dúplex
en busca de algo que le apagará el fuego que la abrasaba.
Llegó a la coqueta cocina de
color blanco, ventanas verdes y taburetes negros. Abrió la nevera y busco algo
frío con lo que refrescarse. Sólo había un bote de pepinillos abierto y en dudoso
estado, unas cuantas verduras pasadas, una botella de vino medio vacía y un
yogurt caducado…necesitaban hacer la compra. Frustrada y enfadada, no sabía si
con la nevera o con ella misma, cerró la puerta del frigorífico y se sentó en
uno de los taburetes. Apoyó la cabeza en la pared de azulejos blancos y cerró
los ojos ¿Qué había pasado? ¿Por qué había tenido ese sueño…con él? Por más que
lo meditaba, no encontraba una explicación lógica y racional a lo sucedido,
pero cuando se trata de los deseos más íntimos ¿Dónde se va la razón?
Ella llevaba cinco años con
su actual pareja. Se querían, se amaban y se deseaban como el primer día. Se
conocieron en un curso de formación que había desarrollado su asociación. No
fue amor a primera vista, pero con el paso de los meses, conquistó su corazón.
Su pareja trabajaba de fisioterapeuta en el hospital de la ciudad; ella era
orientadora laboral en una asociación de ayuda a las personas con riesgo de
exclusión social. Su necesidad innata de ayudar a los demás y su entrega
altruista a los más necesitados los unió definitivamente. Por eso no entendía
qué había pasado esa noche.
Rememoró el sueño con tanta
claridad que parecía que lo tenía de nuevo entre sus piernas. Eran tan
atractivo…o no. No lo sabía con seguridad, por qué ¿quién establece lo que es
bello, hermoso, bonito o atractivo? ¿La sociedad? Esa que nos dice que lo perfecto
es una mujer esqueleto, sin curvas, sin pecho y sin gracia en los andares; la
sociedad que ve como ideal el hombre musculado, lleno de tatuajes, con aires de
chico malo y rebelde que somete a las mujeres por el simple hecho de sentirse
poderoso y experimentar un placer único. Maldita influencia social, estaba
arrastrando a miles de jóvenes a seguir unos cánones que en ocasiones llegaban
a ser peligrosos, en lugar de impulsar el amor propio, el autorespeto y la
autoconfianza. Qué futuro más superficial nos esperaba.
Allí sentada recordó el día
que lo conoció. Llegó a la asociación hacía apenas cinco meses. Era trabajador
social y trabajaría con las familias que “olvidaban” que sus hijos e hijas
debían acudir a la escuela, tener unos cuidados y comer al menos tres veces en
el día. Iba a tener trabajo para largo. Cuando lo vio fue igual que cuando oyes
un ruido en la calle: indiferencia pero curiosidad. No era como el resto de
compañeros, la mayoría mujeres, que buscaban el apoyo del igual, del trabajador
común que está curtido por las experiencias difíciles de esta profesión. Él era
independiente, serio, imponente. Era diferente. Y eso le gustó. Nunca viene mal
renovar aires, aunque a veces lo que empieza como una suave brisa se transforma
con el tiempo en un peligroso huracán.
Con el paso
del tiempo empezaron a conocerse, al principio con cosas triviales (qué comida
te gusta, qué música escuchas, qué tipo de libros lees) y con el paso de los
días indagaron más en el interior oculto de cada uno: por qué se había ido de
la casa paternal tan joven, qué había sentido al perder a su madre, qué le
había llevado a trabajar en ese ámbito tan difícil…preguntas tan personales que
probablemente ni él ni ella se habían cuestionado nunca o simplemente había
ocultado la respuesta bajo capas de piel y de sentimientos fingidos. Lo que
comenzó como una agradable amistad, fue transformándose lentamente en ese
huracán emocional que sin previo aviso, arrasa con todo lo que tienes en tu
interior: tus ideales, tus principios, tus sentimientos y tus creencias. Y a
los dos los sorprendió desnudos emocionalmente.
El sueño de
aquella noche le había desvelado lo que llevaba ignorando hacía un par de
meses: le gustaba. Sí, le gustaba, se sentía atraída por él, por su forma de
ser enigmática, por ese halo de misterio que lo rodeaba, por esa barba
constante de tres días, por esa ropa ancha, descolocada y cuidada, por esos
ojos marrones inmensos y profundos que hipnotizaban y por sus manos. Siempre
había tenido predilección por las manos de las personas, pensaba que según cómo
fueran éstas así sería cada uno en su vida. Y las manos de él era perfectas:
masculinas, grandes, cuidadas, limpias y libres de abalorios, ataduras y
remordimientos. Y llegados a ese punto, sólo deseaba que sus manos recorrieran
cada poro de su piel, cada rincón y cada hueco de cuerpo y de su alma.
Estando allí
sentada pensando en él, en lo que podría ser, en lo que deseaba que fuera, tomó
una decisión: lo haría, le diría lo que sentía y le propondría hacer realidad
sus deseos. Quería que la poseyera salvajemente, quería sentirlo, quería vivir
la emoción que suponía empezar algo nuevo desde cero. Una aventura sexual con
tintes esporádicos le devolvería la vida que necesitaba en su maldita rutina. Y
nadie tenía por qué enterarse. Ella quería a su pareja, pero después de tantos
años, todo era lo mismo cada día y ella necesitaba aires nuevos que renovaran
la hojarasca acumulada en su interior. No, nadie tenía que enterarse, nadie
saldría herido con aquel acuerdo secreto, nadie impediría que ella y él se
fundieran en un deseo sexual tan ardiente como el astro rey.
Y con la
cabeza apoyada en la pared fría de la cocina, inmersa en un trance muy
placentero, notó que alguien la zarandeaba. Cariño,
cariño, ¿estás bien? Me he despertado y he visto que no estabas. ¿Te ocurre
algo? Y al abrir los ojos, la vio.
Vio a la mujer con la que compartía su vida desde hacía cinco años, ese ángel
rubio de ojos negros que la amaba con una locura casi enfermiza. Sí, sí, estoy bien cielo. Me he despertado
con dolor de cabeza y bajé a tomarme algo. Vamos a la cama que mañana toca
madrugar. Y así, con esa pequeña mentira, le dio un casto beso en los
labios, le tomó la pequeña y fría mano y subieron a la habitación; una pensando
lo afortunada que era por tenerla a ella de compañera y la otra deseando con
lujuria un cuerpo que no era el de su ángel rubio. Todo empezaba a ser
imperfecto en su mundo perfecto.
Fotografía: Rubén Merino Rosado.
Texto: Yolanda Muñoz Calvo.
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