...Una vez en el
trabajo, empieza lo que todos odiamos pero necesitamos: la rutina. La misma
mesa, el mismo aula, la misma ruta, los mismos papeles e incluso el mismo
bolígrafo que tiene el tiempo necesario como para convertirse en cotidiano. Realizas
tus funciones como todos los días, ves a la misma gente e incluso vas al baño
casi a la misma hora todos los días. Es tu rutina.
Llega la hora
de la comida y vuelves a casa a tomar un plato de lentejas descongeladas porque
es final de mes y habéis tirado de las reservas del congelador. Coméis en
familia (tú, tu mujer o marido, tu hijo o hijos, el perro…) en medio de un
silencio que, en ocasiones hace que te preguntes si estás solo/a. Tras una
comida como cualquier otra de cualquier otro día, te sientas en el sofá a
descansar antes de volver al trabajo o para apartar una hora de tu vida de la
envenenada rutina, aún no sabes muy bien que opción es. Después de hacer el
intento de evadirte de lo que te rodea, ya que nunca duermes porque están tus
hijos jugando, tu mujer viendo “la Toñi Moreno”, tu esposo roncando o la vecina
pasando el aspirador, coges de nuevo el mismo coche recalentado por un sol que
no te calienta, y de manera automática, vuelves al segundo lugar donde todo es
lo mismo.
Reconoces que
no te gusta lo que haces; lo que empezaste hace años como un medio para
conseguir un fin, se ha transformado en una prolongación de tu hogar, pues
pasas más tiempo en él que en tu casa. Pocos son aquellos afortunados que
pueden dedicarse aquello a lo que aman y con lo que siempre han soñado. Pero
esta rutina tan arraigada a nuestro estilo social, transforma tu pasión en
pasividad, tu ilusión en desengaño, tu amor en diferencia. ¿Cómo hemos llegado
a esto? ¿Por qué nos dejamos arrastrar por las voces de nuestro alrededor que
nos dicen que todo es una mierda, que este estilo de vida no es el que querían
y que están hartos de ser unas marionetas en manos ajenas? No, no dejemos que
nadie ponga minas en nuestra pasión, en nuestros sueños, en nuestra vida.
Hay que
encontrar el arcoíris todos los días, no es necesario que llueva para ver la
vida como una paleta de alegres colores. Píntate los labios de rojo pasión, usa
esa laca de uñas que jamás te pondrías por ser demasiado atrevida, coge del
cajón esa camiseta con dibujos de colores que desechaste al fondo por ser
demasiado llamativa. Corona tu pelo con flores de colores, usa esas gafas de
sol enormes que abandonaste por el miedo de parecerte a “King África”, baja la ventanilla de tu coche y deja que el aire
despeina tu alma adormilada, camina por la ciudad y busca rincones mágicos
donde perderte. Inicia una aventura (amorosa, sexual, literaria, gastronómica…)
y deja que sea tu espíritu quien te guíe y no “el qué dirán”.
Pero después de todo, tras acabar nuestras tareas laborales cotidianas, volveremos por el mismo camino a casa, en el mismo coche, al mismo lugar, al mismo sofá, a la misma cama y junto a la misma persona de esa mañana porque, al fin y al cabo...¿quiénes somos sin nuestra rutina?
Fotografía: Rubén Merino.
Texto: Yolanda Muñoz.


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