Abrió los ojos y sonrió. Era la
primera vez que lo hacía en mucho tiempo y sintió como una extraña calidez le
invadía el cuerpo y la impulsaba a salir de la cama. Cuando fue a incorporarse
se dio cuenta que esa noche no había llorado; dos novedades en apenas diez
minutos. Se apeó de la cama y se desperezó, sintiendo como cada hueso, cada
músculo y cada sentimiento se estiraban y volvía a su estado original. Cogió la
ropa que dejó preparada la noche anterior sobre la silla y se dirigió a la
ducha. Le gustaba ducharse por las mañanas, le ayudaba a despertarse y a
organizar mentalmente su día. Como ella decía “una ducha y un café son el mejor estimulante para enfrentarse a los males”.
Entró en el baño y abrió el grifo del
agua caliente; mientras, se deshizo del pijama y dejó al descubierto su tímida
desnudez. Tenía un cuerpo esbelto, con curvas, pero delgada, un pecho aceptable
y una altura media. Aunque muchos le decían que era bonita, ella nunca se
miraba en el espejo desnuda. Una adolescencia marcada por los insultos y las
humillaciones (había sido una joven con más curvas que las demás y esta
sociedad no perdona que seas diferente) la llevaron a olvidar su normalidad y a
dejar de observar su reflejo natural. Cuando terminó de quitarse las capas de
ropa, se sumergió bajo las cataratas que caían del grifo de la ducha.
Mientras se purificaba del sueño de
la noche, recordó que había soñado con él. Pero no era un sueño triste, como de
costumbre, sino todo lo contrario. El sueño había sido simple y breve: él la miraba,
sonreía y de repente, le acariciaba la mejilla. Y entonces, se despertó.
Mientras lo recordaba bajo la ducha, volvió a asomar a su rosto esa curvatura
tan común que tenía hace un año y que tan olvidada la tenía en la actualidad.
Cuando terminó de ducharse, se envolvió en la toalla y salió de su burbuja
aislante de la realidad.
Una vez vestida, peinada y
maquillada, se dirigió a la cocina para desayunar, como cada mañana, sola ante
los fogones. Encendió la vitrocerámica, colocó la cafetera de aluminio (como la
de nuestras abuelas) y esperó que el olor a café inundara la estancia. Era su
momento preferido del día. Le encantaba escuchar el sonido de las burbujas
dentro de la cafetera, el humo que salía por el pitorro y el olor que salía por
el poro de la máquina… pero no le gustaba el café, ese sabor amargo e intenso
que se agarraba a cada milímetro de su cuerpo para activarlo, le provocaba
arcadas. Sin embargo, el olor le encantaba, la embriagaba y le recordaba a él.
Otra manía que había adquirido de un tiempo aquí, desde que él no estaba.
Cuando el café estuvo preparado, apagó la vitrocerámica y se dispuso a
desayunar.
Ya con el estómago lleno, el maquillaje retocado y los sentimientos fingidos, salió de casa y se montó en su coche. Al meter la llave en el contacto, la radio comenzó a dar las primeras notas musicales, pero sólo con escuchar unos acordes, la apagó. Era su canción, la canción que le recordaba que él ya no estaba, que se había ido y que estaba sola. En el último año había conseguido superar muchas cosas: la cama vacía, su coche inmovilizado, sus cartas que aún llegaban a casa…pero todavía era incapaz de escuchar su canción sin sentir ese dolor desgarrador en el pecho. Hizo el camino al trabajo en el silencio ambiental del coche, pero embotada del ruido de sus propios pensamientos. (Continuará...)


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