El día transcurrió como uno más:
llegó al trabajo, dejó que pasaran las horas de la mañana, atendió a algunos
clientes, cerró al medio día para ir almorzar y para volver al cabo de un par
de horas a su pequeña “cueva laboral”. Odiaba su trabajo. Cada día era una
tortura levantarse porque sabía que tenía que volver a esa pequeña tienda de antigüedades
que daba más penas que alegrías. Había sido una herencia familiar y, como era
tan comprometida, se había hecho cargo de ella después de que su tía
falleciera. Pero sólo ella sabía el error tan grande que había cometido. Había
abandonado su sueño de ser enfermera para cuidar el legado familiar. Y no había
obtenido ninguna recompensa. Sólo las telarañas que se formaban en los rincones
y los números rojos a final de cada mes, eran los acompañantes de esa maldita
aventura.
Cuando terminó su jornada laboral,
activo la alarma de la tienda, echó la persiana metálica y se dirigió a su
coche. Esa tarde había sentido los nervios propios de una primera cita, del
primer día en un trabajo nuevo o los que sientes cuando te enfrentas a un
examen importante. Y era lógico, después de un año volvería a estar frente a
él. No sabía qué iba a decirle, ni cómo reaccionaría ni qué haría cuando
llegara al lugar, pero tras doce meses sin él, su corazón le suplicaba verlo de
nuevo. Mientras iba sumida en esos pensamientos, casi no se había dado cuenta
que estaba llegando a su destino.
A lo lejos, dibujado a contraluz en
un cielo despejado, vio la silueta de un ángel alado. Esa escultura guardaba
bajo sus pies una cúpula de piedra en su exterior y dorada en el interior.
Contaba la leyenda que estaba construida así para que las almas ascendieran por
ella con sus riquezas y posesiones terrenales y, al traspasarla como cuerpos
etéreos, se despojaran de ellos y quedaran expuestas a Dios, sin adornos ni
florituras, puros como la piedra. El ángel alado, decían, era el encargado de
dejar vagando por la tierra a aquellas almas que no querían desprenderse de sus
posesiones terrenales, privándoles así de la vida eterna. Siempre le había
gustado escuchar esas historias y leyendas, le parecían tan ilógicas como
reales. Pero sabía que lo que de verdad le gustaba era escuchar a su padre
contarlas. Y hoy volvería a verlo.
Cuando aparcó, no pudo soltar el
volante. Estaba tan nerviosa que todo su cuerpo se convirtió en piedra, rígido,
duro y cincelado. Cerró los ojos y barajó la posibilidad de arrancar e irse,
pero sabía que necesitaba enfrentar esa situación, ese momento que había ido
alargando en el tiempo por miedo a sufrir, por miedo a enfrentarse a una
realidad que era evidente y cruel. No, no iba a irse; tomó aire, bajó del coche
y encaminó sus paso hacía la puerta del cementerio.
Al entrar, todos los vellos de su
cuerpo se erizaron, era una respuesta innata a aquel lugar. Caminó por los
caminos de aquel Campo Santo con la cabeza agachada, con paso firme y
constante; sentía que miles de ojos la observaban, la juzgaban y la acompañaban
mientras se adentraba cada vez más por el laberinto de lápidas y panteones que
salpicaban el terreno. Sin levantar la cabeza, sabía que había llegado a su
destino. Levantó la cabeza y se encontró con el rostro de su padre, sonriente,
inmortalizado para siempre en aquella foto que presidía su lápida. Ella también
sonrió y acarició el frio rostro de su padre en el mármol. Todos los nervios,
dudas y miedos desaparecieron y comenzó hablar con voz temblorosa:
“Hola papá. Aquí estoy, después de un año nos volvemos a ver. Quiero
pedirte perdón por no haber venido en todo este tiempo, aunque a mamá le he
dicho que sí, que vengo a verte a menudo. Tú sabes que he sido cobarde, que mil
veces he parado en el aparcamiento y mil veces he dado la vuelta. Pero no podía
entrar y saber que es verdad, que te has ido, que ya no vas a volver después de
trabajar, que no me acompañaras al cine o a comprar un libro, que no me vas a
llevar al altar. Pero hoy te he visto en mi sueño y te he visto tan feliz que
sabía que era el momento de venir a verte y decirte que te echo de menos. Hemos
tenido nuestras diferencias, nuestra cabezonería nos ha llevado a demasiadas
peleas y ahora que no estás me arrepiento del tiempo que perdí enfadándome
contigo. Sé que estás a nuestro lado, que no nos vas a abandonar nunca, que ese
ángel del que me hablabas cuando pasábamos por aquí, te ha dejado subir junto a
Él que tanto adorabas y desde allí arriba, nos cuidas. No voy hablar más, no
quiero aburrirte. Ojala soñara contigo todos los días para sentir que no estoy
sola y no echarte tanto de menos. Quédate siempre a mi lado. Te quiero papá”.
Y así, con un hilo de voz, lloró y lloró por un padre que se marchó precozmente por una enfermedad que no valoró todo lo bueno que él tenía. Pero luchó como un soldado de la vida que era y, aunque perdió esa guerra, ella sabía que el cielo se llevó al mejor luchador. Cuando vació su corazón de lágrimas, se secó el rostro y con un beso y un "hasta pronto papá" encaminó sus andares hacía la salida del cementerio. Al montarse en el coche, la radio emitió débilmente aquella canción que le recordaba a su padre. Pero esta vez no la apagó. Sonrió y mientras conducía de vuelta a casa sabía que, tarde o temprano, su alma cruzaría la cúpula del ángel alado y volvería a ser feliz junto a su padre.
Fotografía: Gracia García.
Texto: Yolanda Muñoz.
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