“Because I´m happy,
clap along if you feel like happiness is the truth; Because I´m happy…”
Las 7:00 de la
mañana en el despertador. De un tiempo aquí has cambiado su sonido, una canción
alegre que te impulse de la cama. No ha surtido efecto. Abres los ojos y miras
el mismo techo que, desde hace ya muchos años, te da cobijo. Suspiras. Miras
hacia un lado y ves su rosto sereno, tranquilo, relajado porque sabe que estás
junto él/ella y que al día siguiente, y al otro, y al otro, volverás a estar
ahí. Tienes que levantarte, pero tu cuerpo se niega a activarse, como cada día.
Con un suspiro que expulsa tus desganas, te impulsas fuera de la cama.
Vas hacia el
baño con un caminar lento, pausado, casi a cámara lenta, e inicias tu ritual
diario: te duchas con agua templada, te cepillas los dientes, peinas un pelo
que cada día se cae más y en cantidades industriales, usas ese maquillaje
barato para uso cotidiano (y para las ocasiones especiales, pues no puedes
permitirte otro) o te afeitas con esas maquinillas desechables que, además de
cortar la barba, arrancan piel a cada paso. Usas esa colonia que te regalaron
tus suegros en Navidades y que no te gusta, pero debes gastarla para quedar
bien con ellos, aunque ni siquiera recuerden habértela dado.
Terminado el
proceso de chapa y pintura, te miras en el espejo y suspiras (el segundo de la
breve mañana); el espejo te devuelve un reflejo que reconoces, estás
familiarizado con él, conoces cada rincón de ese cuerpo, cada pliegue, cada
arruga, cada mancha, lunar u hoyuelo…pero ya no eres tú. No eres el mismo de
antes, ni física, ni psicológica ni espiritualmente. Unas hendiduras poco
profundas nacen en tus ojos, la piel del cuello se desliza lentamente y cae
como una fina cortinilla sobre el inicio de tu camisa, algunas hebras blancas
aparecen entre el ébano de tu pelo y te dan ese aspecto de maduro interesante y
de señora. Ya no tienes el físico robusto ni esbelto de hace 10 años: los
hijos/as, el estrés, un trabajo que te impide moverte durante 8 horas o la
adicción a coger el coche para ir incluso a la tienda de la esquina, han pasado
factura. Pero no son esos los cambios que más te preocupan. Ya no encuentras en
tu mirada ese brillo que transmitía juventud, alegría o picardía; tus labios no
se curvan hacia arriba para motivarte y decirte “¡ánimo! ¡Hoy va a ser un gran día!”; no alzas la cabeza y
transmites seguridad con tus andares…ahora hundes tu cumbre y dejas que se
entierre entre esos incipientes pliegues
de tu cuello.
Estudiarte a
esas horas tan precoces no ayuda a que veas el día de un color llamativo y atractivo.
Sales de casa y comienzas el segundo ritual del día: el camino al trabajo.
Montas en el mismo coche de hace doce años, sales de la misma casa, coges el
mismo camino, no porque sea más corto, más rápido o más seguro, sino porque tu
cerebro está en modo automático y ordena a tus manos y a tus pies el camino que
tiene guardado en el disco duro. Cuando llegas a tu destino, vuelves a suspirar
¿por qué? Porque te toca ver al pesado de turno, al compañero/a atractivo/a con
el que tienes fantasías desde hace un tiempo, al trabajador en prácticas que se
esfuerza más que cualquiera de los que llevan allí toda su vida o al jefe/a que
presume de vida perfecta cuando en realidad es un producto más de la chapa y
pintura mañanera.
Una vez en el trabajo, empieza lo que todos odiamos pero necesitamos: la rutina... (Continuará)
Fotografía: Rubén Merino.
Texto: Yolanda Muñoz.


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